RITMO
DE OTOÑO
1920
A
Manuel Angeles
Amargura dorada en el paisaje.
El
corazón escucha.
En
la tristeza húmeda el viento dijo:
Yo
soy todo de estrellas derretidas, sangre del infinito.
Con
mi roce descubro los colores de los fondos dormidos.
Voy
herido de místicas miradas,
yo
llevo los suspiros en burbujas de sangre invisibles
hacia el sereno triunfo del amor inmortal lleno de Noche.
Me
conocen los niños, y me cuajo en tristezas.
Sobre
cuentos de reinas y castillos, soy copa de luz.
Soy
incensario de cantos desprendidos
que
cayeron envueltos en azules transparencias de ritmo.
En
mi alma perdiéronse solemnes carne y alma de Cristo,
y finjo la tristeza de la tarde melancólico y frío.
El
bosque innumerable.
Llevo las carabelas de los sueños a lo desconocido.
Y
tengo la amargura solitaria de no saber mi fin ni mi destino.
Las palabras del viento eran suaves con hondura de lirios.
Mi
corazón durmiose en la tristeza del crepúsculo.
Sobre
la parda tierra de la estepa los gusanos dijeron sus delirios.
Soportamos tristezas al borde del camino.
Sabemos
de las flores de los bosques,
del
canto monocorde de los grillos,
de
la lira sin cuerdas que pulsamos,
del
oculto sendero que seguimos.
Nuestro
ideal no llega a las estrellas,
es
sereno, sencillo: quisiéramos hacer miel, como abejas,
o
tener dulce voz o fuerte grito,
o
fácil caminar sobre las hierbas,
o senos donde mamen nuestros hijos.
Dichosos
los que nacen mariposas
o
tienen luz de luna en su vestido.
¡Dichosos los que cortan la rosa y recogen el trigo!
¡Dichosos
los que dudan de la muerte teniendo Paraíso,
y
el aire que recorre lo que quiere seguro de infinito!
Dichosos
los gloriosos y los fuertes,
los que jamás fueron compadecidos,
los que bendijo y sonrió triunfante el hermano Francisco.
Pasamos
mucha pena cruzando los caminos.
Quisiéramos
saber lo que nos hablan los álamos del río.
Y en la muda tristeza de la tarde respondioles el polvo del camino:
Dichosos, ¡oh gusanos!,
que
tenéis justa conciencia de vosotros mismos,
y
formas y pasiones, y hogares encendidos.
Yo
en el sol me disuelvo siguiendo al peregrino,
y cuando pienso ya en la luz quedarme,
caigo
al suelo dormido.
Los gusanos lloraron, y los árboles,
moviendo sus cabezas pensativos, dijeron:
El azul es imposible.
Creíamos
alcanzarlo cuando niños,
y quisiéramos ser como las águilas
ahora
que estamos por el rayo heridos. De las águilas es todo el azul.
Y
el águila a lo lejos: ¡No, no es mío!
Porque
el azul lo tienen las estrellas entre sus claros brillos.
Las
estrellas: Tampoco lo tenemos:
está entre nosotras escondido.
Y
la negra distancia: El azul lo tiene la esperanza en su recinto.
Y la esperanza dice quedamente desde el reino sombrío:
Vosotros
me inventasteis corazones,
Y
el corazón: ¡Dios mío!
El
otoño ha dejado ya sin hojas los álamos del río.
El agua ha adormecido en plata vieja al polvo del camino.
Los gusanos se hunden soñolientos en sus hogares fríos.
El águila se pierde en la montaña;
el viento dice: Soy eterno ritmo.
Se
oyen las nanas a las cunas pobres,
y
el llanto del rebaño en el aprisco.
La mojada tristeza del paisaje enseña
como
un lirio las arrugas severas que dejaron
los ojos pensadores de los siglos.
Y
mientras que descansan las estrellas
sobre el azul dormido, mi corazón ve su ideal lejano y pregunta:
¡Dios mío!
Pero,
Dios
mío, ¿a quién? ¿Quién es Dios mío?
¿Por qué nuestra esperanza se adormece
y
sentimos el fracaso lírico
y
los ojos se cierran comprendiendo todo el azul?
Sobre
el paisaje viejo y el hogar humeante
quiero lanzar mi grito,
sollozando de mí como el gusano deplora su destino.
Pidiendo lo del hombre,
Amor
inmenso y azul como los álamos del río.
Azul
de corazones y de fuerza, el azul de mí mismo,
que
me ponga en las manos la gran llave que fuerce al infinito.
Sin
terror y sin miedo ante la muerte,
escarchado
de amor y de lirismo,
aunque
me hiera el rayo como al árbol
y
me quede sin hojas y sin grito.
Ahora
tengo en la frente rosas blancas y la copa rebosando vino.