EL BUITRE
Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya me había destrozado los zapatos y los calcetines, y ahora ya me picoteaba los pies. Siempre daba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego continuaba su obra. Llego un señor, se quedó mirando un momento y me preguntó por qué aguantaba yo al buitre.
-Estoy desamparado -le dije-; llegó y comenzó a darme picotazos; yo trate de espantarlo y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy salvajes y queria írseme a la cara. Decidí sacrificar mis pies; ahora casi me los ha destrozado.
-No se deje sacrificar -dijo el señor-; basta un tiro y el buitre se terminó.
-¿Cree usted? -pregunté-, ¿quiere ayudarme en este trance?
-Con mucho gusto -dijo el señor-; sólo tengo ír a casa a buscar el revolver, ¿podrá usted aguantar media hora más?
-No lo sé -respondí, y por un momento quedé rigido de dolor; luego añadí-: por favor, inténtelo de todas maneras.
-Bien -respondío el señor-, voy a apurarme con mi revolver.
El buitre había escuchado con calma nuestro diálogo, mirándonos al señor y a mí. De repente me di cuenta que había entendido todo; voló un poco, retrocedió para darse el impulso necesario, y como un atleta que arroja la jabalina ensartó el pico en mi boca, hasta el fondo. Al irme de espaldas sentí como me liberaban; que en mi sangre, que llenaba todas las profundidades y que rebasaba todos los límites, el buitre, inexorablemente, se ahogaría.
Fue
un caluroso día de verano. Mi hermana y yo pasábamos frente a la puerta de un
cortijo que estaba en el camino de regreso a casa.
No
sé si golpeó esa puerta por travesura o distracción.
No sé si tan solo amenazó con el puño sin llegar a tocarla siquiera.
Cien metros mas adelante, junto al camino real que giraba a la izquierda, empezaba
el pueblo.
No lo
conocíamos, pero al cruzar frente a la casa que estaba inmediatamente después
de la primera, salieron de ahí unos hombres haciéndonos unas señas amables o de
advertencia; estaban asustados, encogidos de miedo.
Señalaban hacia el cortijo y nos hacían recordar el golpe contra la puerta. Los
dueños nos denunciarían e inmediatamente comenzaría el sumario.
Yo
permanecía calmo, tranquilizaba a mi hermana.
Posiblemente ni siquiera había tocado, y si en realidad lo había hecho, nadie
podría acusarla por eso. Intenté hacer entender esto a las personas que nos rodeaban;
me escuchaban pero absteniéndose de emitir juicio alguno.
Después dijeron que no sólo mi hermana sino también yo sería acusado.
Yo asentía sonriente con la cabeza.
Todos
volvíamos nuestra vista atrás, hacia el cortijo, tan atentamente como si se tratara
de una lejana cortina de humo tras la cual fuera a aparecer un incendio.
Lo que pronto vimos, en
realidad fue a unos jinetes que entraron por el portón del cortijo.
Una
polvareda al levantarse, lo cubrió todo; solo brillaban las puntas de las enormes
lanzas. Apenas la tropa había desaparecido en el patio, cuando debió, al parecer,
hacer dar vuelta a sus corceles, pues volvió a salir en dirección nuestra.
Aparté a mi hermana de un
empellón, yo me encargaría de poner todo en orden.
Ella no quiso dejarme solo. Le expliqué que para que se viera mejor vestida ante
los señores debía, al menos, cambiarse de ropas.
Por
fín me hizo caso e inició el largo camino a casa.
Ya
estaban los jinetes junto a nosotros y casi al tiempo de apearse preguntaron por
mi hermana.
"No
está aquí de momento" fue la temerosa respuesta, "pero vendrá mas tarde". La contestación
se recibió con indiferencia.
Parecía
que ante todo, lo importante era haberme hallado.
Destacaban, de entre ellos, el juez, un hombre joven y vivaz, y su silencioso
ayudante llamado Assmann. Me invitaron a pasar a la taberna campesina.
Lentamente, balanceando
la cabeza, jugando con los tiradores, comencé a caminar bajo las miradas severas
de los señores.
Aún
creía que una sola palabra sería suficiente para que yo, que vivía en la ciudad,
fuese liberado, incluso con honores, en ese pueblo campesino.
Pero
luego de atravesar el umbral de la puerta, pude escuchar al juez que se acercó
a recibirme: "Este hombre me da lástima".
Sin
duda alguna, no se refería con esto a mi estado actual sino a lo que me esperaba
en el futuro. la habitación se parecía mas a la celda de una prisión que a una
taberna rural.
De
las grandes losas de la pared, oscura y sin adornos, pendía, en alguna parte,
una argolla de hierro, y en el centro de la habitación algo que era medio catre
y medio mesa de operaciones.
¿Podría yo respirar otros aires que los de una cárcel?. He aquí el gran dilema.
O, mejor dicho,
lo que sería el gran dilema, si yo tuviera alguna perspectiva de ser dejado en
libertad.
Material
de la página: www.ciudadfutura.com/kafka/