CUEVA DE LOS TAYOS
EN ECUADOR
Misterios y enigmas
Las placas de metal que mencionó el húngaro podrían ser parte de un enorme conjunto de las mismas, del cual sólo se han visto unas pocas, y que de hallarlas todas, se cree que nos narrarían el pasado de la humanidad desde al menos veinticinco mil años atrás; algo realmente extraordinario.
Se supo también que los oriundos de la zona hallaron ciertas piezas que provenían de la cueva, y se las dieron al sacerdote Carlo Crespi, demostrándole lo agradecidos que estaban con él, y Crespi se encargó de guardarlos en su iglesia.
Digamos que al menos el 95% de esas piezas desaparecieron, probablemente por hurto de las mismas.
Es realmente una pena que el sacerdote haya fallecido hace tanto, pues nos hemos quedado sin material de investigación acerca de aquellos objetos.
Tal vez exista una pista que nos encamine para encontrar el punto donde se originó todo esto.
Los objetos tenían grabados una especie de escrito muy complejo, y que en la actualidad tendrían una relevancia histórica invaluable.
De cualquier forma se ha analizado cuidadosamente una de las tablas metálicas que fueron conservadas en la iglesia de Crespi.
En el año 1976 se dieron a conocer sus dimensiones; eran unos cincuenta y dos centímetros de largo, por unos catorce centímetros de anchura y casi cuatro centímetros de espesor, hecha de oro.
Se dijo que la escritura tenía una enorme similitud con caracteres de la India empleados hace más de dos mil trescientos años, denominada “Brahmi”.
Para el año 1980, un reconocido profesor de Ciencias Biológicas en Estados Unidos, Barry Fell, logró identificar ciertos símbolos en la placa.
Hablamos de doce símbolos, y se afirmó que serían los mismos que existen formando parte del zodíaco.
Como era de esperarse, al escuchar tantos enigmas provenientes de esta cueva muchísimos otros especialistas fueron atraídos a ella.
Las teorías de Moricz acerca de las placas fue una motivación para importantes investigadores. A partir de aquí, las cosas se empiezan a tornar difíciles para el húngaro.
Se hace presente Erick Von Däniken, un escritor nacido en Suiza que se las ingenió para persuadir a Moricz y que le entregara las fotografías que logró tomar y además que le dijera cientos de detalles e importantes secretos que decidió guardarse.
No pasó demasiado tiempo, y salió a la venta un libro del suizo llamado “El Oro de los Dioses”, que revelaba todo lo que el húngaro no dijo, exponiendo toda la información recibida.
Inclusive se puede leer que Däniken afirma entrar a las profundidades de la caverna cuando duerme y tener contacto con la totalidad de las placas de metal en sus impresionantes sueños, de las que tanto hablaba Moricz.
Se vendieron alrededor del mundo casi 5.000.000 de ejemplares y se lo tradujo a veinticinco lenguas diferentes.
Moricz no obtuvo ningún tipo de compensación monetaria.
La gente en Europa se vio fascinada por esos testimonios, y el suizo explotó también las imágenes que le fueron provistas por Moricz dando a conocer el aspecto interno de las cavernas, y fotografías de las placas del sacerdote Carlo Crespi.
Stanley Hall, un ingeniero nacido en Escocia, se puso en contacto con el húngaro para armar un viaje a la zona e ingresar en la cueva para un estudio exhaustivo.
Las condiciones de Moricz eran las siguientes: quien lideraría la exploración iba a ser él mismo, y las piezas que se encontraran en la cueva deberían permanecer allí sin ser sacadas del lugar.
Obviamente el escocés no pudo tolerar esas reglas que consideró absurdas, y frenó en seco al húngaro, rechazando su compañía.
Continuó con su deseo de entrar a la cueva, y para el séptimo mes del año 1976 se articula una viaje acordado por Ecuador y Gran Bretaña; se convoca a la milicia y a un importante cuerpo científico.
Como si fuera poco, sumaron a la expedición al primer hombre en pisar la Luna, el señor Neil Armstrong.
Este personaje ya había aparecido en escenarios similares.
Ejemplificamos con su viaje a Paysandú en la República Oriental del Uruguay, donde se percibía un movimiento demasiado notorio de objetos voladores no identificados.
Armstrong compartía una cierta confianza con el propietario de La Aurora, la hacienda donde ocurría todo el revuelo, el señor Ángel Tonna.
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