ANDERSEN CUENTOS de HADAS

 

Rosas Flores Josnell Viviana de Camino

Cuentos de Andersen

Cuento de hadas

El Hada del Arroyo

El Hada del Arroyito

tiene los ojos azules,

y su cuerpo chiquito

lo lleva envuelto entre tules!

¡Su cabello es como el oro

y en su pecho de algodón,

tiene anidado el tesoro

de su hermoso corazón!

Letra Los niños de la estancia, una y mil veces habían cantado estas sentidas estrofas, mientras agarrados de la mano formaban el bullicioso y alegre corro infantil.

La tarde era plácida y tibia, el sol al parecer en el ocaso doraba los árboles y las mieses y los pajarillos del campo se refugiaban entre las frondas, para cobijarse en ellos de las crueldades de la noche.

El majestuoso edificio de la lujosa casa de campo, se elevaba a muy pocos metros de donde los niños del propietario continuaban en sus infantiles juegos, mostrando sus enormes ventanales, sus torres de agudas puntas y sus escalinatas de blanco y lustroso mármol.

Dos enormes perros daneses, echados a los lados de la puerta principal, eran el complemento de esta escena, que parecía sacada de un antiguo cuento de hadas europeo, de esos en que los príncipes de ojos azules, cabalgando en dorados pegasos, llegan hasta los castillos prendidos en las cumbres de la montaña, para rescatar a la angustiada y hermosa princesita, convertida en flor por los sortilegios de las brujas.

Los niños eran ocho. Tres hijos del acaudalado propietario de la estancia y cinco amiguitos invitados a pasar las vacaciones con ellos.

Como es natural, entre los chicuelos, los había de buenos y de malos sentimientos, pero esas virtudes o esos defectos no se adivinaban en sus caras risueñas, de mejillas rojas por la agitación del juego, y los cabellos revueltos por el viento.

Zulemita, la hijita mayor del dueño, era una niña de diez años, dulce y buena, que nunca pensaba en hacer daño a los humanos ni a los animales y que siempre tenía palabras de aliento y de piedad para todos aquellos seres que sufrían o padecían miserias. Acompañada por su padre, recorría los puestos de la estancia, llevando regalos y golosinas para los niños de los humildes labriegos y por todas esas virtudes, era querida por cuantos seres habitaban los grandes dominios de sus mayores.

Entre los pequeños invitados, estaba Carlitos, un chicuelo travieso y de no buenos instintos que se solazaba en el mal y era por lo tanto la piedra de escándalo de las inocentes reuniones diarias que tenían en el patio del establecimiento.

Los animales domésticos le tenían terror, ya que en muchas ocasiones, por placer y sin motivo, había muerto gallinas a pedradas, colgado en largas cuerdas a los patitos indefensos o atado hasta ahogarlos a los cachorros de los lebreles que se criaban en la casa.

Zulemita, por todos estos actos, le había increpado más de una vez y el niño travieso, después de jurar no cometer de nuevo tales fechorías, persistía en sus acciones, cada vez más repudiabas.

Pero, aquella tarde, olvidados de estas cosas, todos los chicuelos jugaban agarrados de la mano en la bulliciosa ronda, entre carcajadas argentinas y agitados corazoncitos.

El Hado del Arroyito

tiene los ojos azules,

y su cuerpo chiquitito

lo lleva envuelto entre tules.

ALetra Así cantaban todos a coro, al acompasado danzar de la rueda, hasta que uno de ellos caía entre la gramilla, con el consiguiente alboroto de los demás.

Pero los niños, poseídos de entusiasmo, no se habían fijado en algo que conmovía el corazón.

Escondida tras un árbol, una niñita harapienta, hija de uno de los peones de la casa, contemplaba el juego con los ojos abiertos por el asombro, chupándose el dedo meñique de su mano derecha y sonriente también al contemplar la jarana general.

La pobrecita niña se llamaba Teresa y había llegado por casualidad al palacio de la estancia, acompañando a su padre que traía las verduras de las extensas huertas lejanas.

Teresa, en el entusiasmo y sin meditarlo siquiera, se asomó de su escondite más de la cuenta y por fin fue vista por los niños ricos que corrieron hasta donde estaba.

- ¡Pobrecita mía! -exclamó Zulemita,- ¿quieres jugar con nosotros?

- ¡Sí! ¡Que juegue! ¡Que juegue! -exclamaron varias vocecitas entre carcajadas.

Antes de que lo pensara, la pobre humilde criatura, fue arrastrada hasta el centro del patio y tomándola de las manos, los niños prosiguieron el interrumpido juego.

¡Su cabello es como el oro

y en su pecho de algodón,

tiene anidado el tesoro

de su hermoso corazón!

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